Desde pequeña estoy despidiendo afectos y relacionados, que por diversos motivos deciden emigrar a otras tierras.
Siempre habrá una justificación en cada caso, válida por demás, y la última persona que se atrevería a criticar sería yo, porque soy una emigrante-inmigrante. Llevo 40 años fuera de Cuba, 28 de ellos en Puerto Rico.
Nadie, de ninguna de las dos orillas, te dice lo que se siente. Puede ser producto de un mecanismo de defensa inconsciente para no rememorar tristezas o por conciencia intelectual con ciertas trazas de sensibilidad, que lleva a callar para no apenar al que se va, o al que llega.
LOS QUE SE VAN experimentan un vacío, una inquietante sensación de desarraigo, una pena en muchas ocasiones sin forma, sin identificar claramente, que va más allá de haber dejado atrás las raíces, la casa y la otra vida, cualquiera que hayan sido las condiciones de la misma. Tienen el consuelo de lo inexplorado, lo interesante, lo complejo de la adaptación que "entretiene" hasta cierto punto, haciendo que no haya tiempo para pensar en los vacíos espirituales que llenar.
LOS QUE SE QUEDAN definitivamente tienen sobre sí y por dentro el mayor peso del duelo ante la ausencia porque les rodean las cosas, los recuerdos, los sitios que llaman a los idos a la memoria, y dependiendo de las circunstancias porque en algunos casos –muchos– la ida es para siempre, la pena por la ausencia tarda un poco más en mitigarse. Pero como todo duelo, eventualmente llegan las sonrisas y hasta los olvidos parciales o totales.
Recién es noticia que el licenciado Luis Dávila Colón, analista político de reconocida trayectoria en los medios y de incuestionable dedicación a la causa de la estadidad, ha decidido mudarse para el estado de Florida.
A Luis lo vengo siguiendo desde su programa "En la mirilla" de NotiUno, pasando luego a WKAQ con "El azote" donde estuvo años. A raíz de su injustísimo despido, lo he visto renacer de inmediato en "Ojo al Medio", un elaborado y exitoso entrelace de medios cibernéticos que demuestran no sólo su capacidad de recuperación sino su sentido organizativo, disciplinado y sobre todo, su gran compromiso con el tema de la estadidad para Puerto Rico, que ha sido la constante de su vida profesional.
Ha habido ocasiones en que he tenido discusiones fuertes con la radio al escucharlo, peleando conmigo misma porque el licenciado obviamente ni se entera. Mi tendencia es al optimismo y mi preparación profesional es en psicología y pedagogía, lo que me lleva a intentar transmitir educación social sin alarmar.
El estilo de LDC por el contrario, es avisar del peligro como si ya hubiese ocurrido, dejando asentada la desgracia y produciendo desasosiego en muchos, quienes no entienden esa forma y se abruman ante posturas que pueden parecen absolutistas, derrotistas, pesimistas. Creo entender que lo que pretende es enviar un mensaje de OJO PUERTO RICO –como yo acostumbro a decir sin embajes en mis redes sociales para explicar los peligros de la izquierda radical y totalitaria y el temor siempre latente de que Puerto Rico se deje llevar a ese estado de cosas que sólo puede producir inestabilidad, falta de libertades y descalabro total.
Definitivamente nuestros estilos de transmitir son distintos.
Confieso que asimilé con mucha pena la noticia de su ida. Me retrotraje al tiempo de mis despedidas a los que se iban y de nuevo he vuelto a ser de LOS QUE SE QUEDAN, con todo el peso emocional que ello conlleva.
Y entonces llega para todos una especie de limbo emocional con sentimientos encontrados de parte y parte.
El que se va no entiende que desde el minuto mismo en que despegó con carácter de cambio definitivo de vida, lo que deja atrás empieza a ser ajeno, a ser distinto, a ser otra cosa. Se queda con una fotografía de un minimundo que ya no existe. Se incorpora a núcleos similares de idos, se refugia en "su" música, en "su arroz y habichuelas con chuleta", y se bebe las noticias diarias que vienen del otro lado queriendo –y creyendo– estar al día. Se amarra como tabla de salvación a sus costumbres y su cultura pero salvo contadas ocasiones la asimilación no podrá ser total, aunque el regreso definitivo no se produzca nunca. Se vive entonces en tierra de nadie.
Los que se quedan siguen un ritmo similar al que tenían antes, porque todo sigue fluyendo, y los cambios del entorno, sociales y económicos fundamentalmente, se viven adaptándose de manera natural y progresiva a ellos. Del ido se recuerda y habla lo mejor entre amigos y familiares, como cuando se nos muere alguien. Y la pena se va olvidando de la misma manera que se desdibuja la historia si no se escribe. O se habla de él con conciencia de que ya no se comparten las mismas experiencias por tanto "él o ella no saben".
Sería tristísimo si tantos años de dedicación del licenciado Luis Dávila Colón, tanto esfuerzo de vida, tanto afán en su defensa por la estadidad para Puerto Rico, quedaran reducidos a que vaya viendo limitarse sus seguidores, oyentes, videntes y participantes en "La Covacha" desde aquí –en Puerto Rico– o escuchar que de vez en cuando alguno de sus asiduos oyentes o hasta compañeros de panel pudieran decir: "Bueno Luis, es que tú no estás aquí..." sin pretender que sea un reproche, sólo porque es una realidad.
O que experimentemos aquí o allá otras Irmas y Marías con sus secuelas, que ya no serán compartidas. Que las noticias que reciba de aquí ya no sean de primera mano y por ende no pueda leer e interpretar con la genialidad de siempre el pulso social y político de la isla. O escucharlo empezar a decir "aquí" para referirse a Kissimmee en vez del "aquí" de Guaynabo con sentido de pertenencia, lo cual sería más que natural dada su nueva vida, pero indudablemente lo hace marcar las distancias emocionales.
Para volver a ser yo, ya que en el párrafo anterior "sueno" a los pronósticos oscuros a Luis, me queda esperar y desear sinceramente que siga arropado con su bandera de lucha que tan dignamente ha llevado, y que consiga el milagro de los panes y los peces, logrando convertir a los millones de puertorriqueños viviendo "allá" en aliados para la causa que tanto y tan bien ha defendido porque aquí no seremos tantos pero quedamos deseando mejores condiciones de vida, un mejor presente y futuro para nosotros y las generaciones venideras. No será tarea fácil porque el puertorriqueño que se muda ha demostrado perder el enlace emocional, económico y político con su isla. Sigue siendo puertorriqueño y sintiéndose como tal, a no dudar. Se podrá aferrar a sus costumbres, pero su individualidad se sobrepone a todo y en la práctica, le interesa Puerto Rico de manera muy limitada.
Baste destacar la diferencia entre el puertorriqueño y el dominicano residente en Estados Unidos. Este último mantiene un enlace sólido con su terruño porque sin importar los años que reside fuera, y aún convirtiéndose en ciudadano norteamericano, el dominicano tiene un pie en su tierra, invierte en ella, en su casita para el retiro, en la casita de su mamá, en el terrenito en cualquier sitio, en negocios de cualquier tipo. Más allá de las vacaciones de diciembre, ama su suelo y su gente, y nunca pierde el arraigo, las raíces; no se refugia en sus patrones culturales ni en su música, no lo necesita, nunca ha dejado nada atrás y no se convierte en republicano o demócrata como es el caso del cubano o el puertorriqueño. Es posible que la respuesta sea que el puertorriqueño se siente más "americano" que el dominicano nacionalizado. De igual manera es posible que el cubano se haya enraizado más en el nuevo suelo porque no le resulta fácil volver a Cuba. De razones justificadas están llenos los libros de sociología.
Posiblemente una cantidad significativa seguiremos al tanto de los programas de LDC. Habrá quienes empiecen a destetarse consciente o inconscientemente. El tiempo dirá.
"Such is life", sentenciaría un "filósofo" de la era de Fortuño.
"It is what it is", sería la frase casi lapidaria que utilizaría Luis Dávila Colón.