RESIDENCIA IV

 ¿FANATISMO HEREDADO?

Cuando los padres corean junto a sus hijos

Una de las escenas más llamativas durante la residencia de Bad Bunny en Puerto Rico no es solo el frenesí de la juventud —predecible— sino la manera en que madres, padres, tíos y hasta abuelos acompañan a los más jóvenes como si fuesen pares en la experiencia fanática. Lo notable no es la compañía, sino la participación: muchos adultos no solo corean las canciones, sino que visten con códigos estéticos del reguetón, graban cada instante y celebran al artista con una pasión que no distingue edades.


De esto, obviamente, sale mi inquietud de averiguar la respuesta de todo y llegar al origen de las cosas, dentro de lo posible (los profesores me decían. "la preguntona" y el apodo se me quedó en los cuatro años de educación secundaria): 

¿Qué ocurre cuando los adultos dejan de ser referentes críticos y se convierten en fans
incondicionales? 

¿Es eso una forma de conexión intergeneracional sana, o es una renuncia al papel de guía en
nombre de la pertenencia cultural?

Estamos ante un fenómeno de fanatismo heredado, pero no impuesto desde arriba como en generaciones pasadas, con la religión o la política, sino compartido horizontalmente. 

El gusto por Bad Bunny no se transmite por autoridad, sino por identificación. 

Los padres no le enseñan a sus hijos a admirar al artista: lo hacen con ellos, al mismo tiempo.

Esto podría parecer un gesto de modernidad, pero también podría esconder una crisis más profunda: la dificultad del adulto contemporáneo para marcar distancia, cuestionar o incluso decir “no”. 

¿Nos hemos acostumbrado a validar todo lo que nuestros hijos consumen por miedo –que pudiera ser inconsciente– a parecer desfasados? 

¿O realmente creemos que no hay nada que deba analizarse con más cuidado?

Cuando toda la familia celebra sin filtro, ¿quién queda para hacer las preguntas incómodas? 

¿Y qué tipo de pensamiento crítico puede desarrollarse si lo que consumimos como sociedad está exento de examen?

Estuvimos leyendo y escuchando sobre la intervención del Departamento de Familia de Puerto Rico, en la vigilancia sobre la participación de menores en los conciertos de BB. La información nos pareció casi risible. Si bien es lógico que haya preocupación a nivel de estado por la asistencia "sin adultos" de jóvenes y niños menores de 16, a conciertos, en un "mundo" donde el lenguaje inapropiado, y los gestos obcenos están restringidos con mensajes de aviso y códigos de letras –que son las características principales en los espectáculos de BB– también es impráctico e improbable evitar que muchos menores "se cuelen" en un evento en el que habría que hacer pasar por un screening a miles de personas. Esto pudiera analizarse como una actitud hipócrita del mencionado departamento, que no se haya ocupado ANTES de educar a los padres con un mensaje claro de warning.

Pero, ¿cómo pretender que el Departamento de la Familia funcione de esa forma, si como expresa este análisis, los mismos padres –quizás hasta los que laboran en el mencionado departamento– pagan las entradas de menores, de los no tan menores y asisten y se comportan de igual manera que sus hijos, al son de las mismas palabras inadecuadas, conductas, gestos o vestimentas que en el mejor de los casos, en los hogares, les prohiben? 

No se trata de demonizar el reguetón ni la figura de Bad Bunny, que estamos conscientes ha adquirido fama mundial (ver análisis anteriores). Se trata de preguntarnos si estamos cultivando generaciones que aprenden a consumir cultura sin distancias, sin herramientas de análisis, sin espacios para disentir incluso dentro de lo que aman.

Tal vez la verdadera herencia no es el gusto por un artista, sino la manera en que enseñamos —o dejamos de enseñar— a pensar sobre lo que nos emociona íntimamente.

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