Hoy es el primer Día de los Padres en mi vida en que mi papá y yo no compartimos la misma línea de tiempo y espacio.
El vacío es enorme. Sé que con el tiempo la pena se mitiga, pero sí estoy segura que esa sensación de ausencia, ese sentimiento de desamparo será del mismo tamaño que ahora.
Él decía siempre en días similares al de hoy, que era un padre muy afortunado porque tenía "dos días de los Padres": el de su patria de origen y el de su país adoptivo.
Dos hijas celebramos hoy ese necesario homenaje a los papás. Una hermana y un hermano en República Dominicana festejan el último domingo de julio, así que yo lo felicitaba un día como hoy y el día de celebración allá.
Papi maduró prontamente, fue un joven muy comprometido en su tiempo, un periodista de primera categoría ya en una etapa temprana de adultez. Un hombre que no tuvo miedo de escribir en sus columnas periodísticas contra la tiranía de Batista, y luego de analizar el proceso "revolucionario" orquestado por Fidel Castro, igualmente se ubicó por principios contra ese estado de cosas, previendo claramente que íbamos camino de otra dictadura, esta vez, de corte comunista lo que haría involucionar la patria y eliminar los logros sociales adquiridos en los cortos años que tuvimos de república.
Yo no tuve la dicha de crecer con mi papá al lado y ni siquiera cerca.
No pudo ir a mis actividades escolares, ni revisar mis notas, felicitarme por mis logros o arroparme con cariño cuando lo necesité emocionalmente.
A mí me tocó visitarlo en prisiones, ver su cara triste y su ropa amarillo-sucio de preso político.
Me tocó llegar a la adolescencia y saber lo inevitable, que tendría que irse de Cuba porque aún habiendo cumplido una condena injusta, siempre sería un marcado, un perseguido político.
No tuve lo que afortunadamente sí pudieron vivir mis hermanos dominicanos: su presencia, la fuerza de su carárcter, sus malacrianzas de hijo único, sus atenciones de padre excelente proveedor que pudo procurarles una educación de primera y un crecimiento seguro y tranquilo en un hogar de amor y respeto.
Pero luego de habernos sacado de Cuba a mí, el padre de mis gemelos y nuestros dos bebés, papi, envuelto en las preocupaciones que originaba el ser padre de hijos pequeños además de sus dos primeras hijas cubanas ya adultas, hizo su mejor esfuerzo para dentro de su escaso tiempo cubrir todos los años que no pudimos estar juntos, que no pudo ser papá a tiempo completo.
Con papi aprendí lo que sé de política, a creer en los procesos democráticos, a tomarle el gusto a la libertad, a conocer los derechos actuales y a pensar y actuar a favor aquellos que están por venir.
Papi me hizo leer las biografías de destacados hombres y mujeres (malos o buenos) en el mundo sobre todo aquellos que el régimen proscribiò, anuló y borró de las librerías, de los libros escolares, de la historia incluso, la de aquellos hombres y mujeres ilustres que de alguna manera han incidido en las luchas sociales de corte no comunista, y que han sido ejemplo para la Humanidad, sin importar la ideología.
Papi me enseñó a conocer y amar a Martí igual que él lo amaba.
Un Martí que no nos enseñaban en la escuela, donde sólo se repetían aquellos pensamientos una y otra vez como "viví en el monstruo y le conozco las entrañas", en referencia a un Estados Unidos del siglo ¡antes pasado!, en los tiempos del capitalismo duro y cruel que hace mucho se fue transformando gracias precisamente al compromiso de los hombres de ser mejores, a entender y consolidar derechos, para mejorar las condiciones de vida y de trabajo. En la Cuba donde el régimen dice tener bases martianas, los pensamientos de José Martí, nuestro Apóstol, se sacan de contexto para montar discursos populistas con el fin de embrutecer a las masas.
Papi me ubicó los pensamientos en contexto con las Obras Completas de José Martí (que no están disponibles en Cuba donde han editado para eliminar de ellas lo que no le conviene al régimen).
Papi me enseñó al Martí que hablaba de la libertad de los hombres, del derecho a ser felices, de la dignidad humana.
Y me enseñó el compromiso que tenemos todos de ser proactivos, de ir más allá de respirar, comer, trabajar y tener dinero para pagar nuestras necesidades básicas.
Me incitó a que no me callara nunca, a que no tolerara las injusticias, a que no fuera insensible con las diferencias sociales.
Su labor profesional de años como periodista se basó fundamentalmente en esos principios, y en el respeto al contrario. Con él aprendí lo que era discutir las ideas y no atacar con personalismos.
Papi me enseñó con su ejemplo el valor de la honradez, de la sinceridad, de sentir esa obligación de hacer bien las cosas.
Con papi aprendí el inmenso valor de la lealtad.
Y que hacer el bien no tiene que publicarse en ning´jn sitio. A brindar alegría, amor, y bienestar a otros, sin esperar nada a cambio, porque el premio está en la satisfacción inmensa y muy íntima que las buenas acciones provocan.
Con papi compartí cientos de libros y películas. Teníamos los mismos gustos por la literatura y los temas.
Y descubrí que mi alma y su alma eran muy similares.
Aún viviendo en geografías diferentes, papi y yo estábamos en constante comunicación todos los días, varias veces, muchas.
Mi primer trabajo en la mañana al encender la computadora era leer su mensaje de buenos días por WhatsApp. A partir de ahí conversábamos de cualquier cosa. Y mi despedida siempre era la misma: "Te quiero, papi"
Durante mucho tiempo su sueño era escribir un libro sobre la relación estrecha entre José Martí y Máximo Gómez. Me decía que se lo debía a sus dos patrias. Mucho tuve que insistirle para que destinara algo de su comprometido tiempo profesional y que pudiera cumplier ese sueño. Siempre me decía que envolverse en eso era casi un egoísmo ya que le estaría restando tiempo a la familia y a su trabajo. Era tozudo como buen hijo de gallegos.
Pero al final, entre su deseo y mi insistencia, logró terminarlo y tuve el inmenso privilegio de poderle diseñar el interior y preparar todo el arte, buscarle las fotos, editarlas y además de trabajar en conjunto con el padre de mis hijos, Israel Fundora, uno de los mejores diseñadores gráficos que he conocido, quien tuvo qa su cargo el concepto creativo y realización de la cubierta.
Pudo ver su libro publicado por la Editorial Funglode: "El Apóstol y el Héroe".
Haber colaborado en ese sueño es una satisfacción inmensa que siento como hija.
Se nos quedó otro que ya estaba casi entusiasmado por que hiciéramos juntos sobre su vida.
Siento que será mi obligación ecomo homenaje a él en un futuro cercano darle forma y escribirlo desde mi óptica. con su información, la que fuimos recopilando en sus últimos meses de vida.
Esta breve reseña a continuación sale publicada en la solapa del libro "El Apóstol y el Héroe".
Mario Rivadulla nació en Cuba donde ejerció el periodismo como
reportero investigador, redactor, articulista y comentarista de radio y
televisión, al tiempo de integrarse a las luchas políticas en el Partido
Ortodoxo como seguidor de Eduardo Chibás, del cual fue uno de sus
principales dirigentes y destacado orador.
Combatió la dictadura de Batista y posteriormente de Fidel Castro, de
quien fuera amigo y cuyo gobierno defendió en sus inicios.
Después de pasar varios años en prisión, en 1970 se exilió en República
Dominicana, cuya nacionalidad adoptó y donde reside desde entonces
habiendo ejercido como columnista, editorialista y analista en
diferentes medios y también como asesor en Relaciones Públicas.
Cubre un programa diario de comentarios en televisión y su columna ve la
luz en varios diarios digitales.
Su carrera abarca seis décadas donde ha producido más de 50 mil
artículos y comentarios de radio y televisión para los distintos medios
en que ha colaborado. Ha recibido distintos reconocimientos por su
labor.
La neumonía provocada por el covid nos los quitó en febrero, con 92 años, aún lúcido y activo en su labor profesional.
Papi se nos fue. Pero su legado, uno que no nos pertenece solo a nuestra familia sino que dejó para todos, estoy segura que ha quedado sembrado en muchos. Y eso es vivir.
No puedo terminar sin mi "hasta mañana" de todos los días que ya no se podrán repetir de igual manera pero que sólo terminarán cuando ya no yo pueda decirlo: TE QUIERO, PAPI.